AL FANAR

Fundación para el Conocimiento Árabe

¿Cómo cambia el acuerdo con Irán el rostro de Oriente Próximo?

Habib Haddad, A Hayat, 26/11/13

Habib Haddad, A Hayat, 26/11/13

George Samaán, Al Hayat, 25/11/13

Traducción: Mónica Carrión

Un «gran primer paso» y un «avance importante hacia la seguridad y la paz de los países de la zona y de la paz mundial» pero sin ocultar que hay «enormes dificultades» en el expediente. El acuerdo del G5+1 con Irán supone un punto de inflexión aunque se trate de «un acuerdo sobre un plan de trabajo» de seis meses, como aclaró la comisaria europea, Catherine Ashton. El resultado no ha sido ninguna sorpresa ya que desde la última ronda de negociaciones un nuevo dinamismo parecía controlar el diálogo. El resultado era inevitable. No importa si hay muchas y diferentes interpretaciones, pocas son las ocasiones en que un texto internacional no es interpretado. Desde las resoluciones 242 y 338 hasta la conferencia Ginebra I relativa a la crisis siria. Es el único modo de que todo el mundo salga ganando. «Todo el mundo gana, nadie pierde», así dijo el ministro de Exteriores ruso. Washington tiene que ganar, y como él Teherán, para salvar la cara y acallar a quienes están indignados en las dos orillas y entre ellas.

La Administración estadounidense aceleraba los acontecimientos para cerrar el paso a los movimientos del Congreso para imponer más sanciones a Teherán y abrir la puerta a la solución de muchos problemas complejos en la zona en los que Irán tiene un papel importante. El gobierno de Ruhani no quería tampoco desperdiciar la oportunidad de salvar al país y al régimen del colapso. Las últimas declaraciones subidas de tono en las filas de los dos bandos eran solo mensajes destinados al consumo interno más que mensajes dirigidos al exterior. El objetivo era tranquilizar a los extremistas. La falta de flexibilidad y las complicaciones de las dos rondas de negociaciones eran naturales y entraban dentro de lo previsto pues suelen ser la tónica en los momentos previos a la firma de cualquier acuerdo.

Este acuerdo preliminar es un punto de inflexión sustancial que cambiará la cara del «Gran Oriente Próximo» si ambas partes superan la prueba de los seis meses. Israel y algunos países árabes, e incluso algunos círculos en Estados Unidos e Irán, no están nada contentos con el acuerdo. Se inicia una nueva era en la zona que retrazará un nuevo mapa de relaciones, intereses y estrategias en la región. Tal vez uno de los primeros resultados del acuerdo sea pasar página a la opción militar. Y Netanyahu ya no podrá amenazar con esa opción en solitario ni plantar cara a la voluntad y decisiones de la comunidad internacional.

Durante las negociaciones Francia ha intentado aguar el «entusiasmo» del ministro de Exteriores estadounidense con la firma del entendimiento en el expediente nuclear iraní a imitación del acuerdo con Rusia sobre las armas químicas sirias. La postura de París se debe a varias razones, en primer lugar, su sensación de que el acuerdo es resultado de encuentros secretos entre estadounidenses e iraníes. También ha tenido miedo a caer en la madriguera de los estadounidenses dos veces, como en la víspera de los preparativos para el ataque militar a Siria. París ha querido también ganarse la confianza de Israel para garantizarse un papel en cualquier arreglo regional ya sea en el expediente palestino o en cualquier otro. Tampoco hay que olvidar que Francia quiere seguir entendiéndose y coordinándose con los países árabes, con los Estados del Golfo en particular, que temen que el acuerdo con Irán sea a su costa y a costa de sus intereses como ha sucedido y sucede en la crisis siria. París desea, como Rusia, que estos días anda flirteando con Egipto, llenar el vacío que hay en Oriente Próximo después de que la mayor parte del interés estadounidense se haya desplazado al centro, este y sureste asiático. Francia aspira a una mayor coordinación con los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) partiendo de la crisis siria y del expediente nuclear iraní cuyo miedo ha sobrepasado la vertiente militar para pasar las cuestiones políticas. Los países del CCG mantienen una lucha contra la expansión iraní en la península árabe y en Oriente Próximo en general, desde Yemen hasta Bahréin pasando por Iraq, Siria, Líbano, parte de Palestina e incluso Sudán. Son plenamente conscientes de que cualquier acuerdo entre Washington y Teherán comenzará con el expediente nuclear pero más tarde o más temprano se abrirá el expediente geopolítico, más espinoso y complicado.

Pero se exagera al hablar de la total retirada estadounidense de la región. También se exagera al hablar de los medios y el potencial de Francia, Rusia y otros países en la carrera por llenar ese vacío que dejará esa retirada en la zona. EEUU no puede dar la espalda del todo a Oriente Próximo ni a sus aliados allí. Ni puede desentenderse con esa facilidad de una estrategia que se ha esforzado en construir desde los años setenta del pasado siglo y en la que ha perdido muchas vidas y mucho capital. El acuerdo con Irán puede significar que ambas partes han superado una etapa ideológica y que han superado los intereses que una coyuntura determinada impuso a ambos países y que no hace falta explicar porque ya conocemos. La Administración Obama aspira a una larga tregua que necesita en una región en la que todo cambia rápidamente y por sorpresa. La Administración se refugió en la aparición de fuerzas islamistas moderadas en los países de la Primavera Árabe para contrarrestar la expansión iraní y para hacer frente a los movimientos extremistas como Al Qaeda. Pero lo que trajeron esos movimientos islamistas moderados especialmente en Egipto, empujaron a Washington hacia un diálogo con Teherán, un diálogo aplazado desde las recomendaciones del informe de la comisión Baker-Hamilton de la era del segundo mandato de George Bush hijo. Los más entusiastas con la normalización de relaciones con la república islámica creen que puede ser un elemento eficaz para EEUU y Rusia en la lucha contra el extremismo islámico y yihadista. Y puede formar con Iraq un bloque petrolero que genere equilibrio en los mercados mundiales.

Aunque el ministro de Exteriores iraní haya dicho que en Ginebra solo se ha tocado el expediente nuclear, sabe muy bien que Washington (y también Moscú) desea que haya un arreglo en la crisis siria, lo que abrirá la puerta a otros expedientes desde Líbano a Iraq o Afganistán y otras zonas. Se trata de la vuelta de Irán a su puesto en la comunidad internacional, algo que no gusta a muchos países árabes, temerosos de que los arreglos que se produzcan a partir de ahora beneficien a Teherán. Algunos enemigos de la república islámica no exageran al apostar por un cambio radical y rápido de la situación en los países que se encuentran bajo la influencia de Iraq como el norte de Yemen, Iraq y Líbano. Pero la alianza de Teherán y fuerzas conocidas en esos países va más allá de las opciones políticas: el iraní es un apoyo en gran medida religioso en medio de la actual guerra  sectaria a la que algunos adornan con los lemas de la «resistencia».

El acuerdo no necesariamente se reflejará de inmediato en la situación de esos tres países o de otras zonas de la región porque esa coyuntura no está supeditada a ese entendimiento sino a las fuerzas locales. Es verdad que estas fuerzas no seguirán siendo tan radicales si Teherán tiene que cuidar las condiciones para su vuelta a desempeñar un papel constructivo en la comunidad internacional, pero serán  capaces a medio plazo de alterar el equilibrio de fuerzas para no perder mucho de lo que han logrado estos años. Podemos decir lo mismo de Iraq donde los chiíes son mayoría y han sabido mantenerse unidos a pesar de las diferencias apoyando en la demografía su legítimo derecho al poder. Lo mismo pasa en Líbano donde el binomio chií representa a una tercera parte del país, y esta es una realidad que no puede ser ignorada por ningún entendimiento o acuerdo. En Siria la cosa es diferente porque allí la mayoría suní está intentando recuperar desde hace 40 años lo que se le quitó y por eso Irán hace por mantener la actual fórmula en el poder en Damasco. Y por eso también se ha negado hasta la fecha a manifestarse sobre lo que se decidió en Ginebra 1 y seguirá defendiendo al actual régimen incluso si Siria se desintegra y es dividida.

La vuelta de Irán al abrazo de la «legitimidad internacional» no es rehén del tempo estadounidense y de seguro desencadenará conflictos entre Teherán y muchos países árabes que no han estado en Ginebra. Desde los países del CCG hasta Egipto, que aprovecha cualquier ocasión para declarar que la seguridad del Golfo es parte de su seguridad nacional. Aunque también se han despertado miedos y aprensiones entre los aliados más cercanos. Seguro que Rusia teme en su fuero interno este acercamiento precipitado entre Washington y Teherán, país que solo ha tenido a Moscú como alternativa en todos los años de bloqueo. Tal vez este sea uno de los motivos de la postura de París en las negociaciones de Ginebra: Francia fue, antes de esta última década, un socio económico y comercial importante para Irán y ahora, después de cualquier acuerdo, tendrá que competir por el mercado iraní con las empresas estadounidenses y europeas.

Es imposible que los países árabes permitan una presencia avanzada de Irán en el mundo árabe y si los árabes no estuvieron en Ginebra, sí que están en Iraq, Siria y Líbano. Irán ha desempeñado mucho tiempo el papel de la «resistencia» como hizo también Siria antes de su crisis, y ambos Estados supusieron un obstáculo para muchas soluciones y arreglos de expedientes, así que ahora resulta bien fácil que los opositores a Maliki en Iraq sigan oponiéndose a él, que los opositores de Hezbolá sigan levantando la voz bien alto contra sus armas y contra su falta de legitimidad interna que en su opinión necesita, que quienes están contra Ginebra 2 aceleren la unión de las fuerzas militares sobre el terreno como acaba de suceder, tras el gobierno interino de la oposición, para levantar un muro insalvable que no permita un arreglo que tranquilice  a los estadounidenses y dé a iraníes y rusos lo que quieren. El camino no está pavimentando como se piensa, ni el camino a Teherán, ni a Washington, ni a Bagdad ni a Damasco ni a Beirut ni a Ginebra 2. La cara de Oriente Próximo sufrirá nuevas heridas y quemaduras.

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Esta entrada fue publicada el noviembre 29, 2013 por en Opinion.
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